El perfeccionismo del emprendedor: cuando buscar la excelencia se convierte en un freno

Ruth María Álvarez Carrasco
Ruth María Álvarez Carrasco

Responsable de Marketing, Comunicación y Experiencia Cliente

«No siempre nos detiene la falta de capacidad. A veces nos detiene la necesidad de hacerlo todo perfecto.»

Quienes emprendemos solemos ser personas comprometidas con nuestro trabajo. Queremos ofrecer un buen servicio, cuidar los detalles y responder con profesionalidad a quienes confían en nosotros. Es una actitud valiosa. Sin embargo, existe una línea muy fina entre la búsqueda de la excelencia y el perfeccionismo. Y cuando la cruzamos, aquello que parecía una fortaleza puede convertirse en uno de los mayores frenos para el crecimiento de una empresa.

Cuando el perfeccionismo deja de ser una virtud

Todos hemos experimentado esa sensación alguna vez. Terminamos una propuesta, pero pensamos que aún necesita un último ajuste. La página web parece estar casi lista, aunque siempre encontramos un detalle más que mejorar antes de publicarla. El nuevo servicio sigue esperando porque creemos que todavía no refleja exactamente lo que queremos ofrecer. Incluso una simple publicación en redes sociales puede convertirse en un ejercicio interminable de revisión antes de pulsar el botón de «publicar».

A primera vista, esta forma de actuar puede interpretarse como una muestra de profesionalidad o de compromiso con la calidad. Y, en parte, lo es. Cuidar los detalles y aspirar a hacer un buen trabajo forma parte de cualquier proyecto sólido.

Hay un miedo a actuar que suele disfrazarse de una frase muy conocida:

«Todavía no es el momento.»

El coste invisible del perfeccionismo

Cuando hablamos del perfeccionismo solemos pensar en el tiempo que dedicamos a revisar una propuesta, perfeccionar un servicio o corregir una presentación una vez más. Sin embargo, su verdadero coste rara vez se mide en horas de trabajo. Con frecuencia es mucho más sutil y, precisamente por eso, más difícil de percibir.

El perfeccionismo también se manifiesta en las decisiones que nunca terminan de tomarse, en las oportunidades que dejamos pasar mientras esperamos el momento ideal o en esas conversaciones que posponemos porque sentimos que todavía no estamos lo suficientemente preparados. En ocasiones, incluso impide que potenciales clientes lleguen a conocer nuestro trabajo, sencillamente porque seguimos convencidos de que aún no está listo para ser mostrado.

En el ámbito empresarial, no decidir también tiene consecuencias. Cada decisión aplazada supone renunciar, al menos temporalmente, a la posibilidad de aprender, corregir y avanzar. Y, aunque no siempre seamos conscientes de ello, ese coste puede llegar a ser mucho mayor que el de cometer un error.

"Porque, en muchas ocasiones, el mayor riesgo para una empresa no es equivocarse, sino permanecer inmóvil esperando una perfección que nunca termina de llegar."

perfeccionismo del emprendedor

Con el paso de los años hemos comprobado que existe una diferencia importante entre las empresas que avanzan y aquellas que permanecen bloqueadas. No siempre depende de disponer de más recursos, de una mejor estrategia o de un mayor conocimiento. En muchas ocasiones, la diferencia está en su capacidad para actuar.

Planificar es necesario. Reflexionar antes de tomar decisiones también lo es. Sin embargo, llega un momento en el que el aprendizaje deja de producirse en la mesa de trabajo y comienza a construirse en la realidad. Es el mercado quien termina validando una idea, los clientes quienes muestran qué aporta verdadero valor y la experiencia la que permite transformar una buena intención en una propuesta cada vez más sólida.

Por eso, esperar a que todo sea perfecto antes de dar el primer paso suele convertirse en una paradoja. Buscamos la seguridad de sentirnos completamente preparados cuando, en realidad, gran parte de ese aprendizaje solo puede adquirirse recorriendo el camino. Ninguna planificación, por exhaustiva que sea, puede sustituir la experiencia que nace de hacer, observar, corregir y volver a intentarlo.

Excelencia no significa perfección

Trabajar con rigor, cuidar los detalles y mantener un compromiso constante con la mejora son cualidades que fortalecen cualquier proyecto. Sin embargo, conviene no confundir esa búsqueda de la excelencia con la necesidad de que todo sea perfecto antes de dar el siguiente paso.

Las empresas que perduran no se construyen desde la perfección, sino desde la capacidad de tomar decisiones, aprender de la experiencia y mejorar de forma continua. La excelencia no consiste en alcanzar un estado impecable desde el principio, sino en asumir que todo proyecto evoluciona con el tiempo y que ese proceso de mejora nunca termina.

Esta es también la forma en la que entendemos el crecimiento en Metatron. Acompañar a las empresas significa, en muchas ocasiones, ayudarles a avanzar sin esperar a tener todas las respuestas. Porque la experiencia nos ha enseñado que las organizaciones que progresan no son necesariamente las que cometen menos errores, sino aquellas que desarrollan la capacidad de actuar con criterio, observar los resultados, corregir el rumbo cuando es necesario y seguir avanzando.

Al fin y al cabo, crecer no consiste en evitar cualquier equivocación. 

Consiste, sobre todo, en convertir cada experiencia en una oportunidad para aprender y construir una empresa cada vez más sólida.

Una última reflexión sobre el perfeccionismo del emprendedor

Quizá el perfeccionismo no sea siempre una muestra de excelencia. A veces es simplemente una forma de protegernos de la incertidumbre. Sin embargo, emprender implica aceptar que nunca tendremos todas las respuestas antes de empezar. Y quizá ahí resida una de las claves del crecimiento. No en esperar el momento perfecto. Sino en confiar en que el camino también nos enseñará.

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